martes, 12 de agosto de 2014

Mujer de muerte negra.


Mujer de muerte negra.
12 08,2014

Una hermosa madrugada en vela, como era un hábito desde
 hacía ya varias noches atrasadas, con la tempestad encima
y un cielo enfurecido que deslumbraba con relámpagos y
vientos de tormenta, cuya densidad de bruma permitía mirar
al frente tan solo a cinco pasos adelante; y reitero “hermosa
madrugada”, porque era entonces cuando Russell se sentía acorde
con su entorno, solo entonces se encontraba en armonía entre
 sus lúgubres adentros y el hórrido paisaje desolado alrededor.
Russell vio a la distancia entre sombras y siluetas la figura de
lo que sugería ser una mujer danzando, iluminada por la tenue
luz amarillenta del alumbrado público. Aquella  mujer sumergida
en las tinieblas de la noche, parecía bailar con parejas invisibles
en perfecta sincronía con el agua, bajo cánticos de muerte, se
acercaba lenta y desmañadamente hacia él. Russell intentó correr
de vuelta, pero las piernas nunca respondieron y como si de un
encanto se tratara, Russell podía escuchar entre la devastación de
la tormenta, la melodía siniestra que la mujer danzaba, dentro de su
cabeza, y le pareció inenarrablemente hermosa; de pronto sintió
cada pierna desadormecerse y consiguió bajarse entonces del
capirote del chevelle antiguo sobre el cual se había sentado,
se entretuvo  un segundo para escurrirse el agua de los ojos que le
obstruía la vista con las manos temblorosas por el destino incierto
que le esperaba a manos de la espectral mujer de ultratumba que
había presenciado a deshoras de la noche. Al bajar las manos, la
mujer había desaparecido y la canción también había cesado de
sonar en su cabeza, no obstante, Russell a pesar del miedo que
tenía no pudo evitar sentirse indignado tras el abandono repentino 
de la mujer de pesadilla, de aquellas que uno extraña al despertar
por la mañana. 

Russell se encogió de hombros e inclino el rostro
al suelo señal de decepción, sin importar el terror que la causaba
la experiencia, sentía cierta empatía hacia la mujer que danzaba
solitaria en una noche escalofriante y por supuesto, la exótica
belleza perturbadora de la enigmática mujer lo atraía cual manzanas
 a la tierra, de una forma inapelable.
Si bien Russell no sabía lo que la melodía significaba, ni el misterio
que resultaba ser la mujer danzante, la única certeza que él tenía era
que se trataba de un invento o ilusión causada por el sereno de una
común noche de noviembre; finalmente decidió tomarlo como el patético
intento de su desequilibrada mente por darle un sentido a su miserable
existencia en una abrazadora noche de tormenta como aquella. Cuando
se dispuso a regresar a casa, la imagen de una fogata y una taza de café
hirviendo, así como despojarse de los trapos empapados y arroparse
con la calidez de una manta suave, habían reemplazado la tétrica canción
que hacia minutos que sonaba en su cabeza. De pronto y sin previo aviso,
sintió en el hombro izquierdo la gélida palma de una mano posarse sobre él
y de nuevo quedó pasmado. Giró levemente la mirada para conciliar lo que
pasaba, pero no tuvo el valor suficiente de mira su rostro, tan solo fue capaz
de mirar los pliegues del vestido largo y elegante que arrastraba por el piso
con salpicaduras carmesí en los extremos inferiores del mismo.

La mujer entonces bajó del capirote del chevelle antiguo y giró dos veces
frente a él, como en una especie de coreografía de ballet; su vestido se
desplegaba con cada vuelta formando un espiral maldita con el agua, y su
cabello negro y largo hasta la cintura, le cubría el rostro con cada vuelta
que ella daba. Se detuvo un instante frente a Russell, agitada, bailaba con
tal pasión que al terminar le costaba recuperar aliento. Al detenerse, las luces
de la calle titilaban intermitentes, el viento sopló con fuerza desmedida, en
consecuencia, las láminas se desprendieron de las casas causando un
estruendo de sonido metálico muy parecido al de un relámpago. Hacía mucho
que ella había cesado de tararear y la canción continuó sonando en su cabeza
sin darse cuenta. 
La mujer levantó su delgada mano hacía él y estiró los dedos
como invitándolo 
a participar de su desquiciado baile; Russell tomó la mano de
la mujer, mas blanca 
que el vestido que llevaba, entonces se pintó una sutil sonrisa
en el rostro 
hermoso de la misteriosa mujer de ultratumba, se hallaba tímida y
contenta, hasta 
nerviosa, mismos sentimientos que compartía con él. Russell le dió
una vuelta más, 
en señal de que aceptaba ser partícipe de aquel sombrío baile,
con porte firme y bien 
plantado, ella entonces hizo una reverencia agradeciendo a
su pareja nueva y ambos 
bailaron sobre la neblina que cubría su pista improvisada
de hierba y rocas hasta llegar 
al lago que cruzaron caminando de la mano sobre el
sendero luminoso que trazaba la 
luna gigante y amarilla sobre el agua que permanecía
en reposo ante los estragos 
del clima. Y rieron y bailaron regocijados por la música
infernal que sonaba en sus 
cabezas. Russell por primera vez en la vida, por un efímero 
instante supo lo que significa ser feliz con alguien, sea mujer o sea demonio.

Desaparecieron en la noche cual sombras a la luz, por el Aqueronte, Russell sucumbió
a la pálida mujer del vestido blanco intacto y elegante, cuyas puntas ensangrentadas
ocultaban de la vista sus pies desnudos y manchados como si viniera de caminar
entre cadáveres y podredumbre, donde pisaba dejaba a su paso, una senda de ruina
 y defunción, la tierra se hizo infértil y los peces flotaban ya sin vida en un lago lóbrego
 e inhabitable, por donde camino. Nadie nunca volvió a saber de Russell, ni de la
cadavérica mujer que danzaba sola en las tinieblas la melodía maldita de la muerte negra.


Rafael Pérez, Carper.      



2 comentarios:

Unknown dijo...

Me ha gustado .También bailaría con ella aun que ese fuese fatal la consecuencia.

Unknown dijo...

muchas gracias mi hermano, yo aun me siento por las noches, cuando el cielo amenaza con vientos de tormenta y nubes negras, en la acera a esperar por la mujer que me llevará danzando lejos de esta vida que hace mucho deje de comprender. rezo por la mujer de muerte negra encuentre su camino de regreso a mi; desde el mundo inmaterial que resulta ser mi mente.

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